27/03/2014 | DIVULGACIÓN CIENTIFICA
Chariklo: un Saturno en miniatura
Investigadores de CONICET en colaboración con astrónomos de cuatro países más, encontraron por primera vez en la historia un asteroide con anillos.
Chariklo

Chariklo, descubierto en 1997, tenía algunas rarezas, por lo que René Duffard, un astrónomo cordobés radicado en España se contactó con Diego García Lambas, investigador superior de CONICET en el Instituto de Astronomía Teórica y Experimental (IATE, CONICET-UNC) y con Carlos Colazzo del Observatorio Astronómico de Córdoba. Ambas instituciones están sumamente relacionadas y trabajan a la par. “El asteroide presentaba una variación muy importante en su brillo así que esperábamos encontrar alguna particularidad en su composición o, con mucha suerte, un satélite orbitando a su alrededor. Nunca nos imaginamos encontrar algo tan importante”, explica el García Lambas.

                Hasta el momento, desde el año 1610, con el descubrimiento de los anillos  de Saturno, sólo se encontró este fenómeno en planetas, cuyo tamaño es grande. Pero no sólo eso, además deben ser gaseosos, como es el caso de Saturno, Neptuno, Júpiter y Plutón. Los anillos se forman debido a choques o destrucción de cuerpos que provocan residuos y quedan orbitando alrededor de otro. “Esto no es tan común que ocurra: no lo hemos visto en ningún planeta rocoso ni en ninguna luna”, asegura García Lambas.

                Chariklo es de la familia de los Centauros, que están a una distancia intermedia entre Saturno y Júpiter, respecto al sol. Estos objetos son muy pequeños por lo que no pueden observarse a simple vista. “Encontrar anillos en un cuerpo tan pequeño es algo impactante, no lo espero nadie. Por otra parte el tamaño anular es muy pequeño, por lo que su descubrimiento era muy improbable. No hay imágenes, ni  las habrá por algún tiempo”, comenta el astrónomo.

                El asteroide tiene un ancho de 250 kilómetros y el anillo veinte, pero se encuentran a una distancia de más de dos mil millones de kilómetros de la Tierra. Por lo tanto lo único que pudo observarse fueron puntos aislados que se producen cuando algo, una partícula, obstruye el trayecto de la luz que emite una estrella desde detrás del asteroide, como un eclipse. Hubo nueve detecciones positivas que permitieron trazan un mapa, uniendo los puntos, como un collar de perlas, para determinar que se trataba de dos anillos que rodeaban a Chariklo. Dos de éstas se hicieron desde los telescopios de Bosque Alegre

                 Para este hallazgo, que mereció una publicación en la revista Nature, se trabajó en red con el grupo de Duffard en España y con diecisiete observatorios -incluido el de Córdoba- distribuidos en Chile, Brasil, Uruguay y Argentina. Entre los cordobeses participaron no sólo investigadores como García Lambas y Matías Schneiter -investigador asistente de CONICET- y técnicos del CONICET y la UNC, sino además algunos aficionados, como Raúl Melia. “Todos los grupos han sido muy generosos y muy dispuestos a cooperar. Esto no se podría haber hecho de manera aislada. El mapa se pudo armar a partir de la unión de todas la detecciones, positivas y negativas”, comenta García Lambas. En este sentido, fueron tan importante las observaciones que encontraron algo como las que no lo hicieron, ya que esto permitió saber que eran anillos y que ocupaban un espacio determinado.

La importancia de la observación

                   A pesar de su intensa actividad desde su creación en 1871, en la década del 70 la Estación Astrofísica de Bosque Alegre comenzó a decaer, por una cuestión presupuestaria, pero también por la necesidad de publicar papers de los científicos. “La astronomía teórica o el análisis de datos son, en ese sentido, más prácticas. Esto lleva en muchos casos a abandonar la faceta experimental, con todas las dificultades que conlleva, sobre todo teniendo en cuenta las limitaciones tecnológicas. Pero hay que reflotar esa tendencia, que es lo que hoy nos permitió un hallazgo semejante”, concluye García Lambas.

Sobre la investigación

F. Braga-Ribas

B. Sicardy

J. L. Ortiz

C. Snodgrass

F.Roques

R.Vieira-Martins

J. I. B.Camargo

M. Assafin

R. Duffard

E. Jehin

J. Pollock

R. Leiva

M. Emilio

D. I. Machado

C. Colazo

E. Lellouch

J. Skottfelt

M. Gillon

N. Ligier

L. Maquet

G. Benedetti-Rossi

A. Ramos Gomes Jr

P. Kervella

H. Monteiro

R. Sfair

M. El Moutamid

G. Tancredi

J. Spagnotto

A. Maury

N. Morales

R. Gil-Hutton

S. Roland

A. Ceretta

S.-h.Gu

X.-b.Wang

K.Harpsøe

M. Rabus

J. Manfroid

C. Opitom

L. Vanzi

L. Mehret

L. Lorenzini

E. M. Schneiter, investigador asistente de CONICET

R. Melia

J. Lecacheux

F. Colas

F. Vachier

T. Widemann

L. Almenares

R. G. Sandness

F. Char

V. Perez

P. Lemos

N. Martínez

U. G. Jørgensen

M. Dominik

F. Roig

D. E. Reichart

A. P. LaCluyze

J. B. Haislip

K. M. Ivarsen

J. P. Moore

N. R. Frank

D. G. Lambas, investigador superior de CONICET

Por Mariela López Cordero

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